Ayer 23 de abril se celebró, como cada año, el Día
del Libro Internacional. Este día tiene su origen en 1930, cuando la
conferencia general de la UNESCO decidió rendir homenaje a la lectura y a los
grandes escritores. En España, el gran promotor de esta celebración fue Vicente
Clavel Andrés, escritor y editor valenciano. Fue por su insistencia cuando en
1926 el rey Alfonso XIII proclamó la “Fiesta del Libro Español”, sin embargo,
la fiesta quedó fijada para el 7 de octubre, fecha de nacimiento de Cervantes. El
día del libro comenzó a tener mucho éxito en varias ciudades, entre ellas
Barcelona. Fue muy bueno para acercar más a los ciudadanos a la lectura, pero
se cometió el error de discriminar a los libros de lengua no española, la
lengua de Cervantes. Así, en 1930 la fecha se cambia al 23 de abril, día de la
muerte, en 1916, de dos de los grandes escritores de la literatura universal,
Cervantes y Shakespeare. Más tarde, en 1995, el 23 de abril se proclamó el “Día
Mundial del Libro y del Derecho de Autor”.

El
origen de esta fiesta y su evolución a lo largo de los años viene
detalladamente explicada en un folleto titulado “Los cincuenta años del día del
libro”, que escribió en el año 1976 Josep M. Arnauld de Lasarte, y fue editado
por “Editorial Bruguera, S.A.”
El
día del libro es una fecha importante para autores, librerías, editoriales… Se
promueven actividades y exposiciones por toda España con el fin de promover la lectura.
Especialmente es una fecha importante en Cataluña y Aragón, pues coincide con
el día de su patrón, Sant Jordi, y es costumbre regalar un libro y una rosa.
Cada
año, la UNESCO, junto con las tres organizaciones internacionales más importantes
del sector del libro y la edición, eligen una ciudad para ser la Capital
Mundial del Libro. La ciudad elegida debe comprometerse a llevar a cabo una
serie de iniciativas que promuevan la lectura. Madrid fue elegida Capital
Mundial del Libro en 2001, y este año, 2012, la cuidad designada ha sido
Ereván, en Armenia, donde se han reunido profesionales de todo el mundo. La participación de los periodistas en estos encuentros es también muy importante, pues
se fomenta la libertad de publicación y se tratan cuestiones como la del acceso
a los libros y los derechos de autor. Así, las redes sociales están cada vez más presentes, ya que proporcionan información sobre este día
señalado y apoyan las iniciativas que se proponen.
Madrid
se unió a la celebración de este día con la séptima edición de “La noche de los
libros”. En esta edición, se ha rendido homenaje a Dickens, en el bicentenario
de su muerte, y al evento se unieron autores como Ricardo Piglia, Vicente
Molina Foix, Carmen Posadas o Julio Llamazares. La Noche de los Libros contó
con 600 actividades y la participación de 181 librerías y 166 bibliotecas. Los
madrileños, según dicen las estadísticas, los españoles que más leen, pudieron
disfrutar de recitales de poesía, talleres, cuentacuentos y
conferencias. Además, la estación Príncipe Pío de Metro de Madrid fue el
escenario de un récord de lectores, pues durante una hora contó con 312 personas leyendo en la estación.
Para
finalizar, animo a todos a disfrutar del placer de la lectura, que abre la
mente y nos permite pensar y tomar decisiones por nosotros mismos, y dejo un
fragmento de uno de mis libros favoritos, El árbol de la ciencia, de Pío
Baroja.
- Usted es un romántico.- Y tú también. Pero yo soy un romántico práctico. Yo creo que hay que afirmar el conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras que uno tenga, cuidándose de ellas.
- El otro día leí en un libro -añadió Andrés burlonamente- que un viajero cuenta que en un remoto país los naturales le aseguraron que ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola?
- Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que, aunque sea una mentira salida de nosotros mismos, parezca una verdad llegada de fuera.




